jueves, diciembre 09, 2004

Poesía cinematográfica (8:2)

2."Y si no lo quisieres dejar ir, he aquí yo castigaré con ranas todos tus territorios..."
Ante el aluvión de aburrimiento que circula por la televisión, la apatía que provoca el desazón de encender la 'caja tonta' para comprobar su nociva bagatela, he visto de nuevo un clásico del cine moderno como 'Magnolia', de Paul Thomas Anderson.
Como fauna desarraigada en busca de una felicidad que les da la espalda. Así son los personajes que Paul T. Anderson creó para una de las películas corales más impagables y hermosas del cine contemporáneo. Anderson, se consolidó con ‘Magnolia’ como uno de los cineastas más importantes del nuevo cine yanqui, explorando minuciosamente unos seres necesitados de afecto, de comprensión, con dudas respecto a unas vidas que rodean una existencia más o menos optimista, pero en el fondo colmadas de una tribulación originaria de problemas ordinarios, translúcidos y contiguos a los de cualquier persona a la que le asalten las dudas más vitales del pensamiento humano (el amor como piedra angular).
Todo el repertorio de magistrales roles que componen ‘Magnolia’ no encuentran una vía de escape que les haga aceptar unos sentimientos confinados en la soledad, en la incomprensión y en la mala suerte. Las nueve historias que Anderson entrevera de forma magistral devienen de una dirección decididamente ‘scorsesiana’ por definición para hablar del azar, de la contrición sentimental, de la necesidad de afecto y de una catarsis que encuentran todos los maravillosos personajes de esta película, en la verdad, en la revelación de aquello que nos hace ser infelices y nos persigue: “uno puede acabar con su pasado, pero el pasado nunca acabará contigo” se repite en tres ocasiones. Anderson explora los sentimientos de sus criaturas acercándose a ellos, mostrando al espectador el porqué de la tristeza: la incomprensión (William H. Macy, Jeremy Blackham), del rencor (Melora Walters, Tom Cruise) la falta de amor (John C. Reilly), la decrepitud paralela e insalvable (Baker Hall, Jason Robards) o de las dudas existenciales (Julianne Moore).
Cada personaje (magistrales todas las composiciones interpretativas) invoca a su sentido común para, en un final apoteósico y metafórico (imposible desvelar el contenido bíblico de éste) encontrar un recoveco para la esperanza, para pretender conseguir lo imposible, esperando un día en el que suceda lo que al final sucede sobre San Fernando Village. De ahí el mágico instante final, compuesto por una hermosa y fugaz sonrisa del personaje más castigado por la vida de cuantos aparecen en esta enorme obra. Del encuentro entre el hijo prepotente y el padre agonizante, de la (des)unión materno-filial, de la aceptación de los errores, del sentido del paso del tiempo... ‘Magnolia’ es pues, poesía cinematográfica, una bella fábula que expone vidas cruzadas entre personas que se necesitan, se odían, se mueren y viven con la necesidad de amar.
Paul T. Anderson elevó una dirección de actores y de cámara a cotas insospechadas para un cineasta entonces tan precoz, en la senda de la celebridad, demostrando (como en sus dos anteriores obras maestras) que la vida es como una purga incidental de aquello por lo que nos preguntamos, que añoramos y tememos, que acabamos dejando a una providencia que responde siempre a un destino marcado por los hechos. Una memorable cinta que eleva su condición de película hermosa con su intención... cristalina, pura, plausible...