jueves, 28 de febrero de 2008

Review 'Pozos de Ambición (There Will Be Blood)'

El poder, la codicia y sus instrumentos
Arriesgadísima cinta que conjuga locura, visceralidad y bucólica lírica en la cruel reconstrucción de un arcaico relato sobre el épico levantamiento de un país.
La carrera de Paul Thomas Anderson es la representación envidiable que cualquier autor con ciertas exigencias artísticas querría para sí a la hora de confeccionar sus arriesgadas obras con sello propio. Uno de esos pocos cineastas que tiene estipulado, por contrato, la definición de todos y cada uno de los aspectos finales de su película, incluida el montaje final, es este autor de obras como ‘Magnolia’ o ‘Punch Drunk Love’. Tal vez por ello, el cine de Anderson, en su interesantísima progresión cinematográfica que consta de sólo de cinco películas, ha podido conjugar una libertad absoluta en sus guiones, albedrío narrativo, metraje con infinidad de recursos técnicos y una puesta en escena a la altura de las primorosas exigencias de un director detallista y clarividente, acostumbrado a retratar caóticas fábulas acerca de las relaciones familiares y el destino.
‘Pozos de Ambición’ es su obra más arriesgada hasta el momento. Se podría decir que también la más personal. Siguiendo la tradición épica de las raíces de los Estados Unidos, el filme se centra de lleno en una época de convulsos cambios históricos, como lo fue el periodo histórico de la segunda revolución industrial, cuando lo artesanal sucumbió ante la llegada de gran producción fabril, que afectó no sólo a los procedimientos de producción o las artilugios de trabajo, sino que también provocó la mutación de todas las fuerzas productivas, afectando la distribución de la sociedad y recrudeció los enfrentamientos sociales. Con estos conceptos, el director adapta muy libremente la novela ‘Petróleo’, de Upton Sinclair, con la odisea de Daniel Plainview, un minero aspirante a empresario que no ve obstáculos hacia el ambicioso designio de convertirse en el magnate del petróleo más poderoso del país, en una pugna donde su principal enemigo será el anacronismo religioso conducido por el líder espiritual instalado en Little Boston, la zona donde el petróleo está todavía por extraer.
En los áridos contornos californianos, en los albores de ésa nueva era económica, Plainview verá crecer su imperio y su poder, utilizando medios industriales amparados en la rectitud, la ambición, la codicia o la impiedad, en la personalidad de personaje que, a lo largo del filme, no evolucionará en su ideología por la consecución de un sueño de mecenazgo petrolífero. Presentado como un antihéroe para el que no existe ningún tipo de redención, este personaje es mostrado en todo momento como un cabrón sin entrañas, llevado por la sed de supremacía e individualismo delirante, que termina vendiendo su alma y desprendiéndose de cualquier retazo de humanidad posible. La riqueza y el poder conllevan a un retiro misantrópico, de odio irracional hacia el mundo, donde la única vía de escape se encuentra en una botella de güisqui que alberga el sueño que finalmente acabará por absorber su vida.
Una espiral de locura que llega a provocar auténtico miedo. Porque, más allá del drama, de la odisea de megalomanía que esconde el cineasta y su historia sobre los pioneros que forjaron una nación, ‘Pozos de ambición’ es una película de terror que manipula con destreza el desasosiego, los sonidos, sus ecos de tragedia y el olor de la sangre mezclándose con el petróleo, así como el calor asfixiante, las miradas de Plainview y sus maniqueas acciones. Esa extenuante atmósfera surge a partir de las notas que alberga la destacable partitura de John Greenwood y en la espléndida y metafórica fotografía de Robert Elswitt en un cinta que, si bien en varios instantes se hace excesivamente fría e insensible, a cambio propone una apasionante complejidad y densidad que va haciendo mella en el lento devenir de los acontecimientos, desmitificando genéricamente la bucólica lírica de los arcaicos relatos sobre la construcción de un sueño y de un país.
Anderson disecciona la época con un destreza visual y una maestría compositiva que no hacen sino confirmar su talento, su sobresaliente posición en el cine actual, con una personalidad fuera de toda duda, sin economizar la obsesiva meticulosidad con la acomoda los encuadres y los movimientos de cámara que consolidan un virtuosismo formal más equilibrado que en sus obras precedentes. La historia parece ir respirando por sí sola, ajena a las pautas clásicas de un guión que no necesita de coartadas narrativas para impactar al espectador.
Va fluyendo por sí misma, dentro de una dimensión experimental, organizada fundamentalmente en la edificación de una narrativa cinematográfica estribada en los compases intrínsecos del filme, que van transformando la épica en tragedia, de forma impasible y sin complicaciones, sin espacio para la avidez autoindulgente que se podría haber esperado de Anderson. Por eso, sabedor de lo complejo de la empresa, no duda en utilizar brutales elipsis temporales, desafiando y poniendo en juego los códigos clásicos y modernos, rompiendo el clímax con un tercer acto que responde a una espiral de enajenación y alcoholismo, de histérica alienación, que termina por recluir a Plainview en su propio delirio dentro de una mansión victoriana.
Escudriña así lo más profundo y recóndito de la Historia del Cine, componiendo una sinfonía de brutal pretensión artística, impregnando su arriesgada propuesta con elementos reconocibles en las raíces de las obras maestras del cine épico americano. De obras que, anteriormente, también narraron cuentos morales de grandes hombres en lucha contra la adversidad y el destino. Las sincronías y disoluciones de sus planos, la correlación entre imagen, sonido y música, la planificación que contamina (y a la vez armoniza) sus equilibradas oscilaciones, aportan una contextura en la obsesiva búsqueda de la pureza cinematográfica.
La rigidez y contundencia con la que Anderson muestra hasta qué punto la riqueza proveniente de los pozos va fraguándose en las desgracias propias y ajenas, en los accidentes provocados por el peligro de extraer crudo en terrenos inexplorados, dan buena cuenta hasta qué punto la violencia se muestra desde un falso comedimiento que va degradándose con el paso del tiempo, dejando aflorar la vena más cruenta y feroz del odio acumulado, de la ira y el rencor personal hacia los demás y hacia uno mismo, de la ambición disfrazada en el triunfo, en el Sueño Americano por encima de la humanidad. Una reflexión, ésta última (y menudo ladrillo), que tiene su apoteosis en ése final desarraigado que responde a la acumulación de momentos cumbres, de enorme potencia cinética, creando una mitología que limita, circunscribe y reduce su fuerza a su propia e infinita magnitud, a su libertad absoluta.
El filme va más allá en sus planteamientos críticos, en su furibunda invectiva a la mezquindad del ser humano, que no duda en exhortar un hostil discurso sobre la función de la manipulación religiosa, la misma que juega con la ignorancia del pueblo, el interés y el miedo individual en el que Dios es otro elemento más que sirve de excusa para lograr fines económicos, metas terrenales que está por encima de cualquier espiritualidad. Poder y religión, en pugna metafísica, términos destinados a colisionar de forma violenta, otra vez en un desenlace en el ya no cabe lugar las ambivalencias, allí donde la sangre negra se transformará en la sangre real dentro de una atmósfera audazmente intensa y oscura, como el fondo humano de los personajes que vertebran el filme. Es comprensible, no obstante, que un amplio sector del público no haya comulgado con este opúsculo sobre la tragedia y la crueldad, con esa megalomanía con ápices bíblicos de tono alegórico y simbolista, de discurso deletéreo y, por momentos, apocalíptico.
Una película de controvertida lucidez, sobrecogedora e inquietante, cruel y desgarradora, donde no existen cortadas en el mensaje, carece de moralina y de cualquier pretensión de adoctrinar. La exégesis es la simple sucesión de lo que acontece, contado desde un punto de vista hipnótico, con esencia formal de cine clásico que rebosa efluvio de epopeya, donde es absolutamente ineludible destacar el recital interpretativo que aporta la grandiosa, enérgica y desalmada interpretación de un Daniel Day-Lewis nacido para interpretar este rol, que tuvo su precedente en Bill “Carnicero” Cutting de ‘Gangs of New York’, de Martin Scorsese, al que da réplica un esforzado joven valor como Paul Dano. Una perdurable muestra de ambición sin límites que encierra un estilo narrativo de visceralidad depredadora en su visión árida y críptica del apogeo económico americano.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008