jueves, 26 de enero de 2012

Review 'Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres (The Girl with the Dragon Tattoo)', de David Fincher

La fría obsesión de un secreto familiar
Fincher despoja con su habitual destreza el matiz folletinesco de la obra de Larsson mostrando un dominio de la mecánica criminal en un universo viciado por la naturaleza depravada y las consecuencias de la obsesión.
El cine de David Fincher ha (mal)acostumbrado al espectador a albergar unas expectativas cada vez más difíciles de satisfacer. Su fascinación por el ‘thriller’, a medio camino entre el modernismo y la narrativa clásica, conjuga talento y versatilidad con inolvidables y vibrantes ejercicios de metodismo dentro un género que ha logrado modernizar con la renovación de costumbres del cine negro y reinventar con ello el ‘thriller’ psicológico. Sorprende, por tanto, que el director de ‘Seven’ haya optado por una adaptación literaria llevada a los altares del ‘best-seller’ como la transformación del primer episodio de la trilogía de Stieg Larsson ‘Millenium’, que lleva por subtítulo ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’, recurriendo así a unos ingredientes constitutivos ya explorados anteriormente en parte de su filmografía. También es llamativo que se trate de un ‘remake’ con muy poca diferencia de tiempo desde su estreno y que sus traslaciones cinematográficas suecas fueran un éxito que traspasara fronteras.
A Fincher no ha parecido importarle. El guión de Steven Zaillian tiene el espíritu de la obra de Larsson, es decir una proximidad a la amoralidad fermentada bajo el yugo de un dorso indescifrable de maldad y perversión que tanto apasionan al cineasta. ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’ supone el reto de asumir otro de esos inquietantes estudios sobre el miedo, esta vez en los bajos fondos de un clan familiar acomodado con oscuros secretos en una progresiva y tenebrosa dilucidación sobre la obsesión protagonizada por dos mentes privilegiadas para la investigación que se enfrentan a una amenaza mucho más cruel de lo que, a priori, se pueda imaginar. Se trata del periodista Mikael Blomkvist, cofundador y escritor de la revista que da nombre a la saga, que acepta un extraño caso relacionado con un clan familiar de la isla sueca Hedeby, donde el mayor de los hermanos, Henrik Vanger, pretende esclarecer la desaparición de su sobrina Harriet hace casi cuarenta años durante un carnaval de verano y la otra cara de la moneda, el icónico personaje Lisbeth Salander, una joven de personalidad compleja y socialmente inadaptada, que también se meterá de lleno en la peligrosa investigación.
La historia tiene todos los componentes necesarios para que Fincher pueda exhibir su grafía visual dentro de una fábula de mentiras encubiertas, un oscuro pasado del que nadie quiere hablar, enemistades familiares, una gran empresa y una reflexión moral sobre la ética y la violencia. El filme arranca con una duplicidad de tramas paralelas que van equilibrándose según progresan hasta ensamblarse. Blomkvist inicia su investigación abriendo la puerta al mundo podrido de esa antipática y sospechosa familia Vanger, a la vez que evita ser el centro de atención tras sacar a la luz los trapos sucios de un magnate corrupto que ha ganado un juicio por difamación. Con una metodología minuciosa, se irá descubriendo a un hombre aparentemente frágil cuya relación con las mujeres parecen influir en su vida y en su suspicaz estoicismo ante la vida. Por otro, alejado de la búsqueda de ese posible asesino por parte del redactor, el espectador asiste a la composición de la personalidad de Salander, una joven alineada que trabaja para una agencia federal pero que sin embargo mantiene un repugnante desencuentro con su lascivo nuevo tutor. Componiendo un puzzle destinado a encajar, Zaillian y Fincher aprovechan esas dobleces para enriquecer la historia a base de encontronazos con la realidad de sus protagonistas, perfilándolos y asimilando en una procesión de retazos hacia las claves intencionales de la película.
La metáfora de fondo de ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’ vendría a ser ese aparente y gélido dibujo silente de un país que esconde los fantasmas aún latentes del nazismo y el mórbido mutismo que aplaca una violencia potencial y despiadada revivida hoy en día en pederastas y asesinos en serie camuflados con la cortesía y el bienestar. No es más que un símbolo más de la ilusoria estructura de cualquier sociedad capitalista occidental. Esa Europa nórdica insociable de una burguesía infectada por un pasado que sigue pagando un elevado precio en el presente queda en un segundo plano, pese a percibir una inquietante voracidad.
Lo que trasciende es el juego de matices emocionales que van saliendo a la superficie en un universo viciado por la naturaleza depravada y las consecuencias de la obsesión. A medida que su investigación le lleva a profundizar en las oscuras aristas de la tortura sexual y el asesinato, Blomkvist parece darse cuenta de que a pesar de vivir un riesgo cuya verdad merece la pena descubrirse, concede un punto de obcecación que admite la nulidad de sus esfuerzos en un entorno hostil, así como el empeño intuitivo de Salander aplicando su excepcional memoria fotográfica y abriéndose al periodista tampoco dan sus frutos, por mucho que logren esclarecer el misterio sobre la desaparición de Harriet.
La hipnótica representación de un paisaje gélido como cartografía tumefacta gracias a la labor de Jeff Cronenweth, extendida a los nevados paisajes de Suecia, proporciona que los personajes respiren y padezcan con una credibilidad reconocible en un laberinto de pervertida violencia, situado en las antípodas del estereotipo nórdico de civismo y ética. No obstante, a Fincher nunca le ha interesado el ímpetu gráfico en su exploración de la brutalidad y aquí no iba a ser menos. Por mucho que visualicemos hasta la arcada el choque de Salander con su tutor y administrador (en una venganza de prodigiosa empatía) o los pasajes de brusquedad no dejen margen a la imaginación, predomina la propensión de cuestionamientos acerca de la fragilidad humana, de los defectos de las personas, de sus imperfecciones en un espectro de crimen y castigo donde los valores existenciales están constantemente amenazados. Muy por encima de la obra de Larsson y sobre todo, de la adaptación patria, en ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’ prolifera una cercanía implicada en los personajes y sus motivaciones, a su continua incomodidad, esgrimiendo un módelico paradigma del ‘thriller’ que asume sus clichés y detonantes, su rutina reconocible, de voluntad dicotómica entre el bien y el mal a través de un contrapeso perfecto en el cual hay que subrayar esa superlativa mecánica criminal de incomparable dualidad de atracción y repulsa que sabe conferirle Fincher.
La síntesis cardinal genérica de esa infernal órbita familiar que propuso Stieg Larsson es ungida en la densa sordidez de un material que, en manos de Zaillian y el dominio narrativo y visual de Fincher, potencia y optimiza los puntos de partido literarios. Estamos ante otro patrón meticulosamente facturado hasta la obsesión por un director que parece no tener límites en su detallismo y cuidado de cada fotograma y que consuma el esperado y excelente nivel formal de su incontestable nivel de tensión y suspense. Tal vez pueda apreciarse como una historia que promete más que lo que da. Sin embargo, es de justicia evaluar la forma en que Fincher despoja con su habitual destreza el matiz folletinesco de la obra, haciendo accesible la investigación a base de pulso y golpes de efecto vinculados a la observación de una serie fotográfica que irá abriendo el camino a la lóbrega resolución del entramado, con fragmentos de la memoria a modo de ‘flashbacks’.
Metódicamente gramatical y con un rigor de procedimiento absoluto, el filme hipnotiza con un notable epigrama a modo de fabula detectivesca, con ‘whodunit’ incluido y formulaciones tradicionales conducidas hacia una especie de mistificación enigmática donde destaca, sobre todos los elementos artísticos (con un gran Daniel Craig a la cabeza), la sugerente presencia de Rooney Mara como Salander, a la que la actriz confiere un magnetismo y oscuridad admirables. No sólo como una víctima de la violencia y el desprecio con los que convive, sino en la vulnerabilidad encubierta que esconde este ángel vengador, una criatura salvaje cuya intensidad inquietante resulta tan atractiva y sexual como amenazante.
Puede que ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’ sea un alto en el camino, pero es una obra que no puede ser considerada “menor”, aunque lo parezca, porque no traiciona los códigos ni evolución de su autor. Puede que haya sido un capricho para un cineasta cuyas cotas de maestría son impredecibles, que ha querido introducirse en un submundo ajeno con el fin de aportar sus rasgos artesanales y pulidamente clásicos a una entretenida y bien diseñada historia que ha abrumado al público literario. Llegados a este punto, la pregunta está clara: ¿Era necesario este ‘remake’ como nuevo eslabón en el universo Fincher?
Por cierto, si os ha gustado la película, echadle un ojo a esta página. Os gustará.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2012