martes, febrero 14, 2012

Review 'Promoción Fantasma', de Javier Ruiz Caldera

El club de los cinco fantasmas
La segunda película de Javier Ruiz Caldera reivindica una miscelánea de cine adolescente y fantástico que remite a las comedias del cine de los 80 desde una perspectiva de respeto e influencia más que desde el simple homenaje referencial.
El cine de John Hughes definió una forma de entender la vida que parecía circunscribirse a una época concreta, aquellos años 80 de confusión, de perspectivas frustradas, de incomunicación y desorientación de una juventud perdida. Hoy en día parece que el mundo no ha cambiado mucho desde entonces. Las comedias adolescentes americanas vertían tras sus risas y situaciones reconocibles una misma línea de inquietudes, carencias afectivas o desilusiones. La reivindicación de esa tipología desde una realidad arquetípica compuesta por aquellos caracteres categóricos de un cine adolescente que nunca ha dejado de funcionar.
La creencia en esta última idea es en la parece erigirse en ‘Promoción Fantasma’, la segunda película de Javier Ruiz Caldera, que rescata desde la nostalgia esa sensación de cine espiritualmente ‘ochentero’, que afectará con una implicación especial a una generación que vivió aquel cine en primera persona, resucitando la energía vital de aquellas recordadas sesiones de hace tres décadas. De ahí, que se recurra a las mismas estratagemas, siguiendo un norte muy concreto, manejando en todo instante los perfiles delimitados a un sucinto trazo de personalidades de catálogo, muy recurrentes y honestas en la correlación a la hora de adaptar a nuestro entorno patrio una ráfaga de situaciones identificables pretéritas acopladas a nuestro cine más actual, sin perder la identidad y la esencia de aquellas míticas cintas que ya no volverán.
Ruiz Caldera, que asumió el reto de debutar con ‘Spanish Movie’, una ‘spoof movie’, es decir, una comedia de ‘gags’ paródicos y satíricos que se nutría de la imitación y burlas de otros filmes nacionales, rehúsa a los límites de un humor colegial zafio o provocador que siguiera los estigmas de los (no menos reivindicables) ‘Porky’s’ o ‘Los albóndigas en remojo’ para proyectar un vademecum de nobles convencionalismos y actitudes conciliadoras hacia un ‘target’ verdaderamente inteligente; por una parte, consciente de la vía emotiva de esa generación ya mencionada, pero a su vez por otra, la actual, mucho más acostumbrada a la inmediatez y al consumo rápido. Un primer logro muy loable y complejo de conseguir.
‘Promoción Fantasma’ comienza reflejando un pasado no tan lejano con un magnífico prólogo en el que su protagonista, Modesto, un ‘loser’ con aparato dental y mirada perdida, descubre que, más allá de su inercia hacia la timidez y apocamiento, puede ver espectros que nadie ve, haciendo de su vida un tormento de traumas y obcecación insana con la locura que ello supone. Hoy en día, se ha convertido en un profesor que no impone ningún tipo de respeto y sigue sin poder superar ni aceptar esa capacidad sensorial para comunicarse con los muertos. Hasta que es contratado en el Instituto Monforte, en cuyas paredes descubrirá a cinco alumnos que llevan un cuarto de siglo muertos vagando como fantasmas y que representan efigies de aquel cine adolescente del tiempo en que murieron; el macarra soberbio, el deportista chulito, la ligera de cascos, la empollona amante de la música o el inadaptado que se dio a la bebida y vive en una juerga eterna.
Con ello, ‘Promoción fantasma’ se va desarrollando con pulso firme, con una celeridad que avanza con la precisión de un reloj, midiendo todos sus giros y situaciones con perspicacia y gran talento. Se nota que sus guionistas, Cristóbal Garrido y Adolfo Valor, han vertido con devota sensibilidad un manifiesto a cierta tipología de cine olvidado en la memoria, transformando sus intenciones en cercanía, adaptándola a una historia tan inocente como efectiva, vertida con una sencillez y una sinceridad que desarticula cualquier mal adjetivo hacia los propósitos del filme de Ruiz Caldera. Porque aquí no importa tanto la definición del perfil social que desempeñan los fantasmas, ni los condicionantes que les llevaron a ser castigados mientras los demás compañeros disfrutaron de la fiesta de fin de curso, sino la reciprocidad de salvación que establecen con Modesto, que los necesita para afianzar la perpetua relación que le mantiene en conexión con el mundo de los muertos.
Los objetivos que deben cumplir en sus vidas (en este caso, en sus muertes) se explicitan en un acontecimiento inacabado que deviene en necesidad de encontrar diversos objetivos y metas. Entre ellos, cerrar el ciclo que les vincula al mundo terrestre y a su vez, el profesor, despojarse de su condición de educador fracasado y encontrar, de paso, la valentía para enfrentarse a una relación madura con la directora del colegio, que es la persona que le abre los ojos en todos los sentidos. Y así, el filme de Ruiz Caldera encuentra su dignidad y esplendor en ese trasfondo, tal vez poco referido dentro del filme, de más de dos décadas de eternidad de los jóvenes espíritus como entes fantasmales obligados a aguantarse y conocerse, conviviendo en un estrato indeterminado, imponiendo en sus respectivas búsquedas una entrañable historia de relaciones y amistad que les supedita a la convivencia, al diálogo y al descubrimiento participativo que tiene como culmen el encuentro con Modesto.
Una comedia que no se sonroja ante sus limitaciones, porque tenerlas tiene. Pero es lo de menos, porque las va venciendo a golpe de ‘gag’, de sonrisa cómplice, de hilarantes y brillantes ‘set pieces’ que convocan una entelequia de risas y confabulación con el público, sin perder de vista temas como la amistad y un subtexto perfilado que arremete con una feroz crítica al modelo de educación privada (también la pública) que, escudado en la rectitud y la severidad, descompone la enseñanza hacia unos derroteros que se han consolidado en el fracaso escolar. Aunque éste no sea el propósito y se diluya en la diversión, la ocasional falta de profundidad lleva siempre consigo la férrea intención de concebir sus giros y diálogos hacia una gratificante concordia entre la emoción y las risas. No cabe la trascendencia artificiosa porque en ‘Promoción Fantasma’ la búsqueda va orientada en su totalidad al entretenimiento.
Al mismo tiempo, uno de de los puntos más sobresalientes que equilibra con solidez la magnífica función gravita en un elenco de actores y actrices que proporcionan una virtuosa labor interpretativa encabezada por el siempre talentoso Raúl Arévalo, capaz de dotar a este perdedor pusilánime de una afectuosidad instantánea, así como la naturalidad directa de la gran Alexandra Jiménez, dándole la réplica con un personaje que sirve de apoyo para hacer evolucionar a ese ‘loser’ con cara de pardillo. Es asimismo una sorpresa encontrar a todas esas jóvenes estrellas televisivas (Alex Maruny, Jaime Olías, Andrea Duro, Anna Castillo y Javier Bódalo) en un nivel actoral muy por encima de lo que estamos acostumbrados a ver en ese trasvase de la pequeña a la gran pantalla de nuevos y bellos rostros. La comedia se ve enaltecida del mismo modo con la contribución de tres bestias cómicas en constante estado de gracia; Joaquín Reyes y Carlos Areces, como apolillado y confundido psiquiatra y presidente de la asociación de padres respectivamente, aportan un punto humorístico que tiene su colofón con la inmensa Silvia Abril, a la que corresponde la grandeza de la mejor y más extravagante secuencia de la película.
‘Promoción Fantasma’ no sólo divierte y entretiene, sino que por momentos alcanza un alto grado de emoción que llega a tocar la fibra sensible con emotivas puntualizaciones y su selección musical (Radio Futura, Whigfield, la anacrónica Shakira y aunque a veces sea reiterativo, el ‘Total Eclipse of the Heart’ de Bonnie Tyler) que homenajean precisamente a todo una estirpe de cine que revive en ‘Promoción fantasma’ con notable afecto y respeto. Es un filme plagado de guiños, referencias y alusiones a un cúmulo de situaciones y películas reconocibles que devuelven al espectador a una perspectiva enternecedora del cine comercial rescatando valores como la superación personal y el aprendizaje a estimar la vida, pero no por ello respondiendo a una necesidad de película ofrenda, sino más bien a un ejercicio de ingenio y energía cómica que avoca directamente a la gran capacidad de la cinematografía española hacia una apertura de un cine voluntarioso y competente que lleva años gestándose silenciosamente. Un filme que busca entretenimiento cargado de buenas intenciones, donde la eminencia y la magnitud de su discurso yacen en la cercanía y la complicidad de un espectador que debe reconocer y agradecer una película tan especial como esta comedia que es un ejemplo a seguir para el cine español.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2012