lunes, 12 de marzo de 2012

Review 'Moneyball: Rompiendo las reglas (Moneyball)', de Bennett Miller

Renovarse o morir: la lucha de los humildes
La segunda cinta de Bennett Miller cuenta con un guión de dos bestias sagradas como Aaron Sorkin y Steven Zaillian y narra la fábula de superación de cómo los modestos pueden llegar a reinventar modelos opuestos a los tradicionales y convertirse en nuevos estándares de futuro.
En su libro ‘A mí el pelotón’, posiblemente uno de los mejores dentro del género literario deportivo (si no el mejor), el cronista Patxo Unzueta atomiza con meticulosidad y pasión dos aspectos fundamentales del fútbol y deporte rey nacional; por un lado, esgrime con alma y estilo del ensayista curtido en mil batallas la personalidad y sentimiento atemporal con carácter intrahistórico de un club diferente y sacramental, con una filosofía fiel a un estilo y una tradición heterogénea como es el Athletic Club de Bilbao y su leyenda, trufado de anécdotas y de rigurosidad afectuosa hacia sus colores y múltiples epopeyas. Por otro, sirve de perfecto análisis que coteja una manera nostálgica de entender el fútbol, de particularidades y substancia deportiva y humana para poner de manifiesto las abismales diferencias que se han perdido con la globalización de este deporte, en una era futbolística que ha alimentado el duopolio, categorizando y aumentando las distancias entre clubes ricos y los humildes.
El fútbol de un pasado no tan reciente, donde los triunfos tenían tanta importancia y los resultados encumbraban cada partido a la categoría de hazaña, se han desvirtuado hacia una competición donde dos Goliats aplastan las esperanzas de cualquier club por conseguir cualquier sueño pretérito y que, con este modelo autocrático, jamás volverán a darse. Una liga, la española, que simboliza de algún modo el tiempo que nos ha tocado vivir. Una era de desigualdades e injusticias en la que unos pocos, muy pocos, aprovechándose de su condición millonaria gestada en la falsedad y en los favores, se sitúan por encima de todos los demás, gregarios y súbditos contra su voluntad que han perdido la oportunidad de vivir triunfos históricos o un anhelado bienestar.
En ‘Moneyball’, el espléndido filme de Bennett Miller, anida mucho de todo esto. En el contraste del todopoderoso habituado al éxito, favoreciéndose del resto de los equipos. Los conceptos no son muy distintos. Hubo una época hace no tanto tiempo en que la Major League Baseball estadounidense también vivió un pulverización de ambiciones apagadas por los grandes y totémicos equipos que desmantelaron de estrellas ajenas a los equipos modestos y comenzaron a ganar títulos a golpe de cartera. Basado en hechos reales, el filme se centra en la estrategia que llevó a cabo Billy Beane, manager general de los Oakland Athletics a principios de siglo, cuando implementó un nuevo modelo de equipo reinventando a su vez las estrategias deportivas con una visión inédita hasta el momento. Debido al escamoteo por parte de otros equipos millonarios de sus astros franquicia, Beane fichó a un joven economista recién licenciado en Yale y junto a él apeló a la estadística para obtener la máxima correlación entre la inversión de un fichaje y el potencial rendimiento de éste.
Con la motivación suficiente este colectivo impuso una nueva perspectiva sobre el béisbol y elevó a un equipo que estaba destinado a bajar de categoría o desaparecer a la gloria de ganar veinte partidos consecutivos y convertirse en un arquetipo de la reconversión cuyo objetivo fue lograr un cambio de paradigma económico por otro llevado al terreno de la lógica numérica. El discurso, en los tiempos de crisis que corren, parece claro: la adaptación a nuevos recursos como prototipo de salvaguardia. Sólo así es posible la derrota de los grande por parte de los modestos certificando con ello la imperecedera eficacia del sueño americano.
Por consiguiente, en ‘Moneyball’ hay una aparente posición crítica del capitalismo con un ataque frontal ajustándose a sus parámetros numéricos, jugando con balances y matemáticas aplicadas al juego y, en último término, a la destrucción de unos modelos tradicionales que han sido engullidos por otros de corte teórico y especulativo. La metamorfosis y el espíritu de cambio ubicados en la superación en tiempos de crisis proviene del cambio. Como ya avanzaba Aaron Sorkin en ‘La red social’ define el éxito y el futuro. Existe el riesgo de pensar que todo es una cábala moderna sobre la superación del fracaso con estos designios argumentales, en cuya superficie de teorías y praxis se oculta cierto cariz descriptivo de la parte menos humana del deporte.
Suponemos que Beane acepta el cambio desde el interés de productividad para el beneficio de su equipo. En cierta forma lo es. Sin embargo, ‘Moneyball’ aplica esta teoría a su exposición salvaguardando la grandeza de jugadores subestimados, de personas humanas que, sin ser estrellas mediáticas, ven una oportunidad de emerger como lo que son: currantes de un deporte cuyo talento necesita de la confianza de sus entrenadores. Los valores y el colectivo no permanecen ajenos a todo ello. Aquí no hay superestrellas capaces de progresar hasta volver a la cumbre, ni patitos feos convertidos en cisnes dentro del circo de intereses de cualquier gran liga internacional. Se trata de incidir en la personalidad y el sentimiento deportivo, que va despojándose de rémoras personales para encontrar el dulce y transitorio momento y una oportunidad negada para demostrar su valía.
No estamos ante la típica proeza de clímax final en el que el marcador espera una carrera final que enaltezca una gesta épica o un bateo que termina en ‘Home-run’ y significa la catarsis redentora del héroe. No se busca hacer ver que los Athletics imperen con su juego y ofrezcan una lección de heroicidad llena de humanismo y superación. Miller narra cómo un grupo de hombres encabezados por un obstinado capitán consiguen prevalecer frente a los acaudalados favoritos, definiendo en su esfuerzo y trabajo como se puede doblegar el abuso de esos poderosos que siguen contando con el apoyo de un público que no sabe ver que la supremacía de sus equipos de estrellas se basan en la arbitrariedad y la sustracción de talentos de vestuarios ajenos a base de talonarios.
Con todo ello, Steven Zaillian y el propio Sorkin han confeccionado un guión ejemplar, lleno de vida y de metáforas que van mucho allá del tema al que se determina la acción. El libro de Michael Lewis en el que se basa la película era una especie de epítome sumarial de cifras y estadísticas, de números y demostraciones matemáticas sobre el valor de los talentos atribuidos a jugadores que no eran ni mucho menos estrellas de primer orden pero que podían rendir como tales. La arquitectura de las tramas y los soberbios diálogos van dando las claves para meterse de lleno en un universo tan aparentemente poco accesible como lo es el vaivén de gestiones deportivas y financieras de un deporte que lejos de América tiene poca o nula repercusión. La grandeza del filme es que todos los números acaban siendo personas y el espectador se deja llevar en una inolvidable travesía de voluntades y triunfos personales plasmando con acierto sus circunstancias.
William Lamar “Billy” Beane se presenta como un hombre metódico, que ha fracasado en su vida deportiva y ha soñado siempre con ganar un título de las ligas mayores con su equipo. Es un estudioso, un “loco” del béisbol (como lo puede ser Marcelo Bielsa en el más cercano terreno del fútbol), que absorbe vídeos de partidos, medita sobre las posibilidades y exprime como una filosofía de vida la realidad de un club que ama por encima de todas las cosas. ‘Moneyball’ así se convierte en el retrato de un hombre diferente que afronta una lucha contra el arcaísmo con una revolucionaría técnica evolutiva. De este modo, se presenta una familia que ha dejado a un lado. Pese a su enorme personalidad y devoción por lo que cree, se lleva muy bien con su ex mujer y tiene tiempo para pasar con esa hija que le idolatra y le comprende (Kerris Dorsey) componiendo una canción tan inspiradora como magistral para encauzar su camino y aprender a disfrutar los partidos.
La pasión y la fe de Beane es el motor de la historia. Y su sufrimiento llega con cada partido, negándose a seguir ni ver un encuentro íntegro. Es la historia de un hombre de béisbol que no vivió los partidos en los despachos, ni con grandes fajos de dinero para robar jugadores a otros equipos, sino que sintió el juego sabedor de los entresijos de los vestuarios y que convirtió al vigésimo cuarto equipo con menor presupuesto de un total de treinta clubes en el quinto en cuanto a resultados en la temporada 2006 de MLB y que fue capaz de rechazar una oferta para ser manager general de uno de los grandes clubes plagados de estrellas, los Boston Red Sox.
Por su parte, la segunda película de Bennett Miller, está asumida con inteligencia y planificación de cine de altos vuelos, mostrándose capaz de superar con audacia cualquier tipo de insensibilidad lógica y secuencial que tienen los razonamientos deductivos que desfilan por la pantalla. Gracias a un guión digno de estudio, el cineasta aborda con convicción y solidez el difícil reto de llevar a cabo el compendio deportivo y humano que es ‘Moneyball’, encontrando algunos de los mejores instantes del mejor cine que se verá este 2012. por el contrario, se echa en falta cierta profundidad en la relación de Beane con el economista Peter Brand, pieza clave sobre la que se mueve el cambio radical en los planteamientos de la liga profesional y que no ve resaltada su labor o grandeza como la de Miller, así como el pragmatismo con el que están llevados ciertos bloques de la historia, que el cineasta se encarga de ejecutar con una corrección intachable, aunque tal vez denotando algo de frialdad. Así como el nulo subrayado que tiene dentro de la historia el entrenador Art Howe (Philip Seymour Hoffman) o el ascenso ‘express’ de Scott Hatteberg (Chris Pratt), que se despacha con un par de dudas existenciales y la fulgurante reconversión de ‘catcher’ (receptor) a ‘baseman’ (primera base). Ello no supone ninguna traba para abrazar la grandeza de un filme que, llevado por los prejuicios de aquellos que tienen cierta animadversión al deporte, puedan tachar de “aburrida” o “falta de interés” debido a la sustancia que empapa la temática que desarrolla la cinta. Porque lo cierto es que ‘Moneyball’ es una grandísima lección de cine.
La insurrección a las reglas, la innovación y la creencia en un modelo diferente se enfrentan al concepto tradicional de éxito, al sentido de una manera arcaica de entender el deporte que lo es también de entender la vida en un trayecto epopéyico donde destaca un Brad Pitt excepcional, que madura interpretativamente con una coherencia impecable, confeccionando un rol que suscribe su grandeza como actor y a la que contribuye con eficacia un actor de talante cómico como Jonah Hill, que aquí ofrece al espectador su mejor y más acabado registro.
Es normal que no a todo el mundo le haya gustado el filme. Muy comprensible que la temática deportiva e intrínseco nivel de tácticas y psicología deportiva que imperan a lo largo de su historia eche para atrás a la hora de descubrir sus virtudes. Aunque eso es lo de menos, porque está tratado desde un enfoque ciertamente imparcial y neutro para facilitar la universalidad de la fábula. Sin embargo y a su vez es lo que hace que esta arriesgada película de Miller sea tan poco complaciente y tan honesta con lo que cuenta. ‘Moneyball’ es cine inspirador, de gran calibre, que posee entre sus particularidades grandes dosis de pedagogía reconfortante.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2012