miércoles, marzo 14, 2012

Review 'Caballo de batalla (War Horse)', de Steven Spielberg

El alazán de la paz
Steven Spielberg firma su particular homenaje a John Ford y al clasicismo con un modelo de cine melodramático y frontal, sin argucias ni dobleces, ejerciendo de artesano para entregar una obra de hermosa dialéctica visual desde el respeto y la sabiduría.
Steven Spielberg utilizó ‘Tintín: El secreto del unicornio’, entre otras cosas, para reformular una embrionaria entidad de aquel cine de aventuras que le hizo célebre hace décadas. Consiguió, con algo de displicencia, mantener esa capacidad tan autóctona de deleitar al público con constantes ráfagas de acción deslumbrante, con un designio visionario rayano en la megalomanía desde un punto de vista estigmatizado del acrisolado héroe con reminiscencias de atmósfera clásica. Su trasfondo de romanticismo alegórico acumulaba referencias clásicas, propias y ajenas para dejar la impresión de que el Rey Midas echaba de menos ese cine con los componentes necesarios para cautivar a un público heterogéneo y de todo tipo de edades, apuntando sobre todo a un carácter más infantil.
A estas alturas, no debería sorprender un título como ‘War Horse (Caballo de batalla)’ tan seguido a la adaptación del personaje de Hergé. Después del reto, Spielberg parece que no ha dejado la senda nostálgica para abrir este paréntesis con el que parece enmendar el error intencional de la cuarta parte del icónico ‘Indiana Jones’. Para ello, ha tomado el libro homónimo infantil de 1982 escrito por del autor británico Michael Morpurgo, siendo guionizado en esta ocasión por Lee Hall y Richard Curtis. Al cineasta recupera con ello las sensaciones de evocación de simplicidad y belleza en la horizontal historia de Albert Narracott, un adolescente campesino y su relación con Joey, un corcel del que debe separarse cuando comienza la Gran Guerra en Europa. El nuevo filme de Spielberg es lo más parecido a una cinta de John Ford que se ha visto en años, una ofrenda virtuosa que comienza con algo de parsimonia, racionalizando los motores de la fábula, deteniéndose en el origen de la amistad y acercamiento del potro, cuya seña de identidad es una marca de forma de diamante blanco entre los ojos y el chaval, un pobre hijo de campesino alcohólico irresponsable y una madre sufrida y paciente acosados por el cínico terrateniente de sus tierras.
Pero la felicidad amistosa entre el caballo y el joven dura poco. El inicio de la I Guerra Mundial separará a ambos y la película transitará desde entonces por las vicisitudes del conflicto bélico, ofreciendo una multiperspectiva de la batalla. Sin embargo, ‘War Horse’ no parece hacer hincapié en las causas subyacentes de la guerra, ni enarbolar un compendio acerca de su crueldad. Y aunque se resalten en ciertos pasajes de prodigiosa contundencia, como la deslumbrante irrupción de la caballería inglesa al fortín alemán que les sorprende con los avances estratégicos de matanza o las impresionantes secuencias bajo las trincheras que huelen a género estricto y genuino, la cinta se permite superponer la inocencia de unas naciones metidas en un cruento enfrentamiento desconocedores de su brutalidad (esos soldados de pueblo que se van jaleados como si se fueran a una competición deportiva) y la humanidad de sus bandos a través de los ojos del caballo que percibe la guerra en un nivel puramente sensorial y emocional con el fin de transferírsela al espectador. El maniqueísmo se deja entrever, pero sin la menor importancia para el devenir de Joey, puesto que entre el enemigo también hay corazones que entienden y salvaguardan al equino. Aquellos que montan a Joey son, simplemente, alegorías antibelicistas y el caballo un símbolo de heroicidad y de unión. De ahí que la trama se despliegue en varias direcciones y con diversos protagonistas; un oficial británico de buen corazón, los hermanos desertores del ejército alemán, un abuelo francés que ejerce de guardián protector con su nieta enferma e incluso un despótico instructor de caballos alemán…
Para Spielberg lo importante es que el melodrama épico fluya con lirismo que evidencia que la maestría sufraga cualquier imperfección. Estamos ante una cinta diseñada de un modo intachable, que puede resultar predecible en su avance argumental, pero que formula un impresionante espectáculo visual y narrativo, donde la emoción escapa a la cuidada logística de cada uno de sus planos, con una puesta en escena iluminada con lucidez por Janusz Kaminski, de nuevo aportando su omnisciencia y brillantez de luz y el color, destilando el anhelado proceder del director de fotografía. También se puede recriminar el énfasis y los subrayados de la música del maestro John Williams, aunque es verdad que las imágenes poderosas e idealistas se apoyan en su eficiencia. Spielberg encuentra alguno de sus mejores momentos cinematográficos en ‘War Horse (Caballo de Batalla)’, como cuando Joey, asustado y sin jinete, cruza galopando las trincheras enfangadas y el campo de batalla llevándose todas los alambres de espino ensamblados en su cuerpo hasta caer moribundo para que dos soldados rivales que dan tregua al fragor del conflicto intenten salvar su vida. Un armisticio informal que recuerda a la ‘Tregua de Navidad’ que se produjera durante la navidad de 1914 entre el Imperio Alemán y las tropas británicas situadas en el frente occidental.
También esa elipsis de una ejecución que se encubre un aspa de un molino o el reencuentro final entre Joey y Albert, donde Spielberg juega con la emoción, bordeando la sensiblería, cayendo en ella cuando es necesario, sabiendo manipular al espectador de una forma sentimental, casi arcaica y crédula con ese céfiro ilusorio con el que se barniza el total del filme. Y Spielberg lo hace sin ningún intento de convencer a la platea, sin esquivar cualquier crítica que vaya por esos derroteros, sino que se entrega sin miedo a ella. Porque este es un cine frontal, sin argucias ni dobleces, de dialéctica visual y simbólica en el que el punto de vista deviene en los ojos del equino, que es el protagonista de la historia y el que sirve para canalizar la ternura, el drama, el caos y la frugalidad del compás que Spielberg imprime al filme.
Eso sí, no caigamos en prejuicios, ‘War Horse’ no es el típico conato que evoca una tipología de cine sacramental y arcaica, ya que en todo momento transpira el estilo inconfundible del mago, que no pierde nunca el respecto en tres flancos; a la historia, al público y a sí mismo. Su posición como creador atesora una concupiscencia abrumante, un dominio cinematográfico que le equipara a los grandes clásicos.
Aquí ejerce de artesano, de genio consolidado, reviviendo el espíritu del cine de otra época, con una inexplicable belleza que irradia el vínculo cinematógrafo del propio Spielberg con el arte, primero con su obra y segundo con todo el cine que le ha influenciado y reverencia. Estamos, por tanto, ante una proeza de intensidad emocionante que puede ser tildada de “irregular”, de edulcorada u obvia. Y en cierto modo lo es, pero también es ésa raíz de exceso e impresionismo idílico donde se encuentran los rasgos más familiares del director, del poder fascinador de sus imágenes, donde el artificio se desnuda y aporta una visión idónea para transmitir delicadas emociones fuera de toda duda a la hora de someterla a cualquier criterio.
Si Martin Scorsese ha filmado una carta de amor y cinefilia con ‘La invención de Hugo’ (próxima review abismal), Spielberg lo ha hecho con esta reverencia a la época dorada, a un modelo de cine romántico que ya no está al alcance más que de aquellos que saben que en los sueños anida el aplauso de un público que caerá rendido a esta fábula de amistad y amor, de sufrimiento y lucha. Es el sedimento de aquellos clásicos del ‘western’, del cine bélico y de las películas familiares que ya no se manufacturan, con la exégesis de un heroicismo sensitivo y sensorial, de las virtudes congénitas que siempre llevarán los valores humanos como la fidelidad, la lealtad y la bravura. Todo eso es esta fábula poética titulada ‘War Horse (Caballo de batalla)’.