jueves, 29 de marzo de 2012

Review 'Extraterrestre', de Nacho Vigalondo

Invasión de humor e intimismo
Al igual que en su ópera prima ‘Los Cronocrímenes’, Nacho Vigalondo obedece a su albedrío con otra cinta kamikaze que no renuncia a su naturaleza y lleva su cometido hasta el extremo. Para lo bueno y para lo malo.
Nadie puede poner en duda el enorme valor de Nacho Vigalondo a la hora de asumir el riesgo de proponer cine de género en un país tan cerrado a los cambios o las alternativas creativas como es España. La descarada independencia y libertad parecen ser las ventajas y a la vez los condicionantes de un cineasta capaz de suscitar reacciones encontradas, de esgrimir temerarios proyectos que obedecen a la traviesa metamorfosis de las convecciones de géneros que él parece manejar a su antojo. Propuestas que, al fin y al cabo, magnifican su determinación y significancia para codificar sus aparentes esquemas y magnificar con ellos los auténticos objetivos del director, muy por encima de las evidencias que parecen marcar la inicial percepción de sus trabajos. Vigalondo es un autor que cree firmemente en sus obras, más allá de la exposición comercial a la que se enfrenta.
Ya en ‘Los cronocrímenes’ Vigalondo formulaba un patrón muy significativo y deliberado; el de equilibrar diversos géneros de variedad estructural (terror, ‘thriller’, comedia y grandes dosis de ciencia ficción) para narrar un filme poderosamente más complejo de lo que aparentemente dejaba ver, sugiriendo una serie de disposiciones sociales y emocionales para integrarlos en una historia con dobleces y concretada con una punzante astucia vivificadora como indudable obra de culto dentro de nuestro cine tan necesitado de este tipo de insólitos pioneros cinematográficos. Con su segundo largometraje, ‘Extraterrestre’, sigue con idéntico esfuerzo de desprenderse de prejuicios genéricos para acometer, con intrepidez y mucho riesgo, una comedia romántica disfrazada de cinta de ciencia ficción en la que ponderar el humor y la cotidianidad por encima de sus condicionantes.
En ambas películas se produce una identificación con personajes cuyo encontronazo con una extraña realidad obtiene una explicación de segundo término, sin indagar en motivaciones externas o en fantasías utilizadas como señuelos. A Vigalondo no le hace falta más que cuatro personajes (cinco si contamos al locutor interpretado por el inefable Miguel Noguera) y un enorme platillo volante instalado en el cielo de Madrid para narrar la historia de un triángulo amoroso, una enmarañada relación de motivaciones, celos, traiciones y desaprobaciones enclaustrada en un edificio del que parecen no querer o poder abandonar sin zanjar sus conflictos sentimentales, como si fuera un vórtice en el que solventar su devenir antes que preocuparse por la invasión alienígena que sobrevuela etérea y silenciosa.
Con estos elementos se produce una ruptura de los códigos de los géneros a través del humor, jugando con todas sus reglas y poniéndolos al servicio de la película. Ese aislamiento grupal cuyo trasfondo es una invasión extraterrestre como catalizador de los conflictos humanos y relaciones establece una dinámica en la que la incursión de lo fantástico no se ve subraya con ningún tipo de sensacionalismo, sino que se licua y desaparece en la propia realidad que rodea a los personajes, relativizando con todo ello su contextualización en relación a la puesta en escena y en escenografía. En ‘Extraterrestre’ el tono apocalíptico es menos amenazador que los elementos internos que abordan la rutina, transformando el costumbrismo y reportándolo a una superficie fantástica que se diluye en la incapacidad de estos personajes por decir lo que verdaderamente quieren decir, haciendo del miedo una forma de actitud utilizada para alterar sus respuestas emocionales.
Es por tanto una película sustentada constantemente en la mentira y en la falsedad de cuatro roles que se alejan de la realidad que les rodea inventándose excusas para no afrontar sus consecuencias, buscando subterfugios que evidencian uno de los discursos intrínsecos del filme: la brutal sordidez que anida en las relaciones humanas. Es la sustancia con la Vigalondo opera en todo momento, aproximando esta argumentación a las derivaciones que desdoblan los movimientos de sus personajes, llevados casi siempre por el interés y la egolatría, aunque uno de ellos, precisamente el más enloquecido de todos, mantenga una postura de colectividad y bien común que el resto para no aceptar.
Sin embargo, es también ahí donde ‘Extraterrestre’ parece redundar, en cierto modo, en la arbitrariedad que compone las voluntades de los personajes, cayendo sutilmente en una involuntaria ingenuidad a la hora de acometer algunos de sus puntos y giros más cardinales. Evidentemente y desde un principio, el espectador tiene claro que durante su metraje no verá ni rastro de signos alienígenas más allá de la esa enorme nave espacial que amenaza la capital de España. En ése sentido, todo el “McGuffin” es llevado desde un prisma consecuente y resolutivo. No así en las indicaciones personales que se dan sobre el personaje principal y la codificación de los demás en relación a él o la falta de confabulación de química y reacción en algunos respecto a la atracción y enamoramiento por parte de Julia sobre Julio, de su distanciamiento y acercamiento, de cómo la antojadiza demencia de Carlos determina el rebuscado clímax final, así como la constante profusión de elementos que entran y salen de la trama y que sirven para, finalmente, justificar el ridículo de una situación llevada a las últimas consecuencias.
Lo más destacado de ‘Extratarrestre’, no obstante, es ese poso antiépico que se respira a lo largo de su hora y media, abandonando la heroicidad de un esperpéntico personaje que quiere salvar el mundo que rebosa candidez y patanería, para centrarse en una pareja imposible destinada a disociarse. Vigalondo es un maestro en la narración fuera de campo, como esa historia paralela de explosiones, contactos con grupos de asalto y demás conflictos que permanecen ajenos a lo que sucede dentro del piso y que únicamente son mencionados o tienen lugar por teléfono. Los sucesos más relevantes en cuanto a acción se anulan por la intención intimista de esta relación. Por eso, la secuencia más importante del filme es aquella en la que Julio, reconvertido en el ‘voyeur’ que es Ángel, espía a Julia en su intimidad, que ve la tele y comprueba como el que todavía es su novio la quiere con locura, provocando a su vez que ella recapacite ante la situación sin que él tampoco sepa que ella le está viendo. Es entonces cuando toman conciencia de su índole; ella, de novia infiel y arrepentida, él de factor de ruptura de una relación que no está dispuesto a asumir. Es entonces cuando Julio comprende que él es el verdadero “extraterrestre” de la historia, el intruso e invasor que se ha colado en una historia que no le pertenecía.
Vigalondo maneja con inteligencia sus limitaciones, sin ocultar ese hilvanado invisible en el que se aprecia su falta de medios, pero se sobrepone con la audacia de su ingenio. Ya desde sus primeros cortometrajes, la indudable capacidad de magnificación narrativa del realizador cántabro supone un hallazgo de lucidez que no se amedrenta ante la carestía presupuestaria, ya que la intención y la sutileza van más allá de todo obstáculo. ‘Domingo’ y ‘Código 7’ son sólo dos de los cortos más representativos de su obra y claro ejemplo de ello. Con una localización principal y un par de exteriores, al cineasta le sobra para mantenerse fiel a los parámetros de una dinámica que nunca pierde de vista el sentido del ritmo, unificando sus factores con equilibrio cuando se trata de examinar territorios de heterogeneidad en una comedia marciana que obedece a una perversión de la narración para imponer la sencillez de una odisea de supervivencia emocional y ética entrecruzadas con la cínica parábola sobre estupidez, la falsedad y el amor imposible.
‘Extraterrestre’ a pesar de ser una comedia humorística que transforma lo más miserable en auténtica sátira grotesca no escatima en un tono apagado y melancólico, de pesimismo extendido a su discurso. Para ello, Vigalondo se muestra en todo momento intuitivo en su cuidada forma de mover la cámara en interiores, en el respeto al formato ‘scope’ de sus imágenes, a la utilización de la música incidental por parte de Jorge Magaz. Pero, sobre todo, el empeño detallista con pequeños conceptos que anidan en cada plano, cobrando más simbolismo de lo que aparentan, así como los más evidentes que desfilan por pantalla con gran poder sugestivo; las pelotas de tenis, el aparato de escucha, un bote de melocotones en almíbar, el llavero en la puerta, la cámara de vídeo… Así como el acierto de un ‘casting’ arriesgado y efectivo, desde la naturalidad de Julián Villagrán, pasando por el hechizo gratificante y magnético de una gran Michelle Jenner o el dúo cómico que forman Raúl Cimas y Carlos Areces. En este baremo, el personaje mejor parado es el interpretado por éste último, que consolida la humanización de ese humor absurdo que Vigalondo no abandona y con el que la cinta alcanza sus momentos más delirantes.
La segunda muestra de talento de Vigalondo es, más allá de platillos volantes e invasiones foráneas, una historia de amor donde los celos y la traición tienen tintes de comedia desde un ángulo naturalista, con gran sentido de la estimulación cuando se habla de un insólito tipo de heroísmo llevado a cabo por la honestidad y la sencillez. Y pese a ser algo irregular, encuentra en su interacción, diligencia y polaridad efectiva los mecanismos necesarios para que el resultado ser un divertimento sin complejos que, desde su condición de pequeño filme sin pretensiones, podría llevar a engaño a aquéllos que la sometan a un análisis simplista de sus logros. ‘Extraterrestre’ es mucho más. Vigalondo obedece a su albedrío con otra cinta kamikaze que no renuncia a su naturaleza y lleva su cometido hasta el extremo. Para lo bueno y para lo malo.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2012