martes, marzo 13, 2012

Review 'Los descendientes (The descendants)', de Alexander Payne

La identidad y la herencia
Desde un perfecto equilibrio genérico basado en la melancolía y la complicidad, esta tragicomedia se ajusta perfectamente a los distintivos del cine de Alexnader Payne, que sabe sutilizar la insondable dramaturgia hacia un terreno naturalizado para lograr el difícil reto de filmar lo inmaterial.
La línea que separa la comedia del drama es muy delgada. A lo lardo de su pequeña y trascendente filmografía Alexander Payne ha sido consciente de ello. En sus cinco largometrajes como director ésta variante dual siempre ha tenido un efecto protagónico. Ambos géneros son utilizados como un arma de doble filo, estilando como principal instrumento la ambigüedad que rodea a sus personajes, a los que suele dotar de un caparazón que camufla un carácter tan poliédrico como realista. Protagonistas encauzados en aventuras cercanas y rutinarias que terminan alterándose como cruzadas de culpa, humillación, soledad, frustración y que no tienen porqué ceñirse a un desenlace de redención que huye del prototipo de la imagen hollywoodiense a la que estamos acostumbrados.
Esa doble arista del personaje perdido y absorto que busca en su vida algo de orden ante tanto desconcierto es el ideario que sigue ‘Los descendientes’ a través de la figura de Matt King, un padre de familia ajeno a los problemas que le rodean y que como abogado modélico ha erigido su trabajo en una única forma de vida. Parece un hombre de éxito, pero no es así. A pesar de sus consecuciones profesionales, es un hombre que necesita buscarse así mismo para lograr aceptar el accidente de su mujer, que ha quedado en un grave estado de coma cuando practicaba esquí acuático. De igual forma se verá obligado a superar el descubrimiento del adulterio de ésta. La voz en “Off” del propio King va orientando al espectador con cierto sarcasmo en su delusoria experiencia vital que revela, además, que es un heredero forzoso por partida doble; la de sus dos hijas, con las que la incomunicación es palmaria pero a las que debe acercar como punto de apoyo ante el sombrío temporal que acecha su vida y la de su condición de terrateniente de una de las últimas regiones vírgenes de una isla de descendientes del último rey de Hawai y el acecho de sus ambiciosos primos que quieren convertir esta reserva natural en un lujoso parque temático. King tendrá que asumir sus defectos como marido y enmendar su labor como padre y, en último término, como persona.
Rodada casi como un encargo, la adaptación del debut literario de la escritora Kaui Hart Hemmings se ajusta perfectamente a los distintivos del cine de Payne. King es un tío imperfecto, descrito desde la cobardía o la incuria a la hora de aceptar su importancia en el núcleo familiar. Cree que con haber dado todo lo materialmente posible a sus hijas y a su mujer ha sido suficiente. Al mismo tiempo, es un buen tipo, trabajador y honrado pese a su fortuna, enfrentado a una situación imprevista que le reserva un aflictivo viaje interior e iniciático, en el fondo una búsqueda personal de catarsis y perdón. ‘Los descendientes’ se desarrolla además lejos del entorno urbano, algo también representativo de su cine. Lo que para todos vienen siendo un tópico de postal; Hawai visto como un erial de tranquilidad y paraje ideal de vacaciones de ensueño, aquí es algo bien distinto. Vendría a ser como un contrasentido que enfrenta al público a un drama dentro de un contexto tan apacible como paradisiaco y apaciguador que, por el contrario, nunca está soleado. Los cielos desapacibles y la fotografía apagada de Phedon Papamichael son el tono adecuado para contar una historia como esta. Nunca Hawai había sido filmado de una forma tan lánguida y gris, en un entorno de cadenas atávicas que responden a la identidad y la herencia por encima de los intereses. Nunca el pesimismo de un trance como el que tiene lugar en el filme había sido vestido de playa, con bermudas, camisas hawaianas y chanclas.
Durante toda la película, de forma etérea y transversal, las distancias se alejan y se acercan, concretando las posturas encontradas por una mentira que tambalea todos los cimientos de la amargura y las emociones volcadas en una muerte anunciada, en una disyuntiva de odio y compasión. La clase alta también tiene problemas cercanos que pueden afectar a cualquiera. El dinero no da la felicidad y aunque ayude, lo que hace que las cosas sigan un curso natural hacia la armonía que no es otra que de la encauzar la vida y sus prioridades, admitiendo responsabilidades y errores siguiendo el dictado de la lógica interna.
De algún modo, la nutrida familia en la distancia, a los que Matt King desestima y con los que apenas tiene relación, personifica el entorno más cercano de este hombre en crisis; unos personajes que desprecian los valores de este paraíso y que no se han molestado en conocer el terreno que están a punto de desahuciar. Un simbolismo que define lo que Payne pone en el conflicto de King. Tendrá que aprender a valorar a sus hijas, a entenderlas, así como a apreciar que los inconvenientes del pasado, de uno u otro modo, acaban por salir a la superficie enfrentando a las personas con la más cruda realidad. Los vínculos que se establecen dentro de la narración esgrimen un dibujo de lazos entre su pasado, su presente e irrevocablemente con su futuro.
Un enternecedor relato en el que Payne vuelva a demostrar que es un maestro cuando se trata de filmar la simplicidad de esos fragmentos de vida que marcan una existencia, sabiendo sutilizar la insondable dramaturgia hacia un terreno naturalizado y cercano para arrimar al espectador a un episodio que mañana podría sucederle a él. Lo cotidiano, lleno de esperanza y patetismo, es relatado con emotiva sinceridad, sin dejar de lado los destellos de brillantez cuando mueve la cámara siempre en función de la necesidad del personaje y nunca al contrario, filmando consecuentemente lo inmaterial, las sensaciones que rodean el paraíso transformado en un suplicio para los King. Quizá por ello, la cadencia que envuelve el tono de ‘Los descendientes’ resulta tan creíble, ya que los acontecimientos van fraguándose con una aproximación a la realidad sumida en la verdad, deteniéndose en pequeños instantes de reflexión, en tiempos muertos necesarios para comprender y observar con detallismo la progresión de lo que se narra.
Payne sabe imprimir la fuerza y restar dramatismo en momentos en los que uno no sabe si reír o echarse a llorar. En ese sentido, alcanza un equilibrio de perfecta conjunción genérica basada en la melancolía y la complicidad, en la sencillez y la complejidad unidas por miradas o diálogos inesperados, desde el enfrentamiento a la infidelidad en el que King corre con zapatos torpemente para descubrir que su mujer le engañaba con un promotor inmobiliario (que a posteriori será uno de los beneficiarios si accede a vender el paraíso familiar), como la aparición de la hija adolescente en estado de embriaguez, el rencor de un suegro que le odia, el acercamiento amistoso a la mujer del amante de su esposa y posterior diálogo entre ésta y la esposa en coma o ese diálogo con el novio medio gilipollas de su hija con el que comparte muchos puntos en común y que le enseña a llevar los problemas con cierta sobriedad.
Son pequeños estados de ánimo, piezas de un puzzle que culmina con una sentida declaración de amor, en la que el discurso mezcla reprensión e indulgencia. Es el ejemplo de la nobleza de Payne a la hora de filmar tan ardua secuencia. King frente a su mujer a punto de ser desenchufada de la máquina que la mantiene con vida, volcando sus sentimientos e intentando no olvidar tantas cosas que decir, que reprochar y que resolver y que, sin embargo, se hacen imposibles ante una situación irreversible. Es uno de esos instantes reveladores que se eleva con la grandeza de un director que ofrece un recital de lucidez no sólo para tratar las personalidades de sus personajes en pantalla, sino la gran capacidad como director de actores.
Por supuesto, el eje sobre el que se mueve el dramatismo y la comicidad del filme viene dado por un carismático George Clooney, que ofrece un sorprendente recital de registros sin recurrir al exceso, pero también la hondura en el progresivo entendimiento en las, a priori, antipáticas conductas que configuran la esencia interpretativa de las jóvenes revelaciones Shailene Woodley (excepcional), Amara Miller o Nick Krause, de veteranos actores como Robert Forster y Beau Bridges y secundarios como Matthew Lillard, Judy Greer (en especial) o Patricia Hastie, que marcan con sus breves apariciones esta categoría. Todos están fantásticos.
‘Los descendientes’ es una imprescindible obra sobre la madurez y la aceptación que deja un emboque mucho más amargo que agridulce, en la que Payne sabe filtrar la ficción y hacer de su cine una experiencia de riqueza y pureza cinematográfica que respira verdad por todos unos fotogramas acompañados con una extravagante banda sonora música hawaiana de ayer y de hoy (Gabby Pahinui, Rev. Dennis Kamakahi, Sonny Chillingworth, Keola Beamer, Ray Kane o Jeff Peterson), que se diluyen en el drama confiriéndole un distintivo personal. Alexander Payne deja así (y son palabras mayores) su mejor película hasta el momento; una reflexión profunda y vital que determina el lugar en el mundo de las personas, sus raíces, su forma de ser y de pensar y la necesidad que hay de arrepentirse y de perdonar, de sufrir y escuchar, en definitiva, de curar traumas y aprender a ser lo poco feliz que se puede llegar a ser en esta vida.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2012