martes, 4 de diciembre de 2012

Review 'Holy Motoros (Holy Motors)', de Leos Carax

La metamorfosis de lo real y de lo ficticio
Con esta obra radicalmente distinta, críptica e hipnótica, Carax busca provocar reacciones, impulsar su discurso metalingüístico más allá de los ojos del que mira, llevándolo al límite.
Hacía trece años que Leos Carax no estrenaba un largometraje. Desde que en 1999 lo hiciera con ‘Pola X’, tan sólo había filmado uno de los episodios del filme colectivo ‘Tokyo’ con una pieza que ya avanzaba los objetivos de este nuevo filme y ‘42 One Dream Rush’, cuarenta y dos cortos de cuarenta y dos segundos dirigidos por algunos de los nombres más trascendentes del mundo del cine. Como viene siendo habitual en él, la normalidad parece ser un obstáculo en su condición de entender el arte. Para Carax la noción obsoleta de una realidad objetiva es sustituida y reinterpretada por la magia del cine y la contravención de los formalismos. Y en esta línea sigue esta locura fantástica llamada ‘Holy Motors’.
Una platea repleta de espectadores duerme ante el sonido de unos pasos de alguien que abre una puerta, se lamenta y seguidamente escuchamos un disparo que encadena con la resonancia de un barco, las gaviotas, las olas, el mar… El propio ‘enfant terrible’ del cine francés despierta de un sueño para abrir con una especie de llave adaptada a su dedo una puerta fantástica sobre una pared con un bosque dibujado sobre el papel. Una vez dentro, un corredor le lleva directamente a ese enorme cine lleno de gente aletargada ante la pantalla. Por uno de sus pasillos corretea un bebé desnudo, al que sigue un enorme perro que transita lentamente por la alfombra del patio de butacas mientras Carax echa un vistazo a la proyección. Es el umbral de todo lo enigmático y surrealista que está por venir y que aludirá a territorios comunes de Cocteau, Franju, Demy, Buñuel, Godard o Lynch.
‘Holy Motors’ muestra un juego de máscaras como símbolo posmoderno, exponiendo bajo su feísmo y transgresión un discurso de necesidad de cambio, como una metáfora de la crisis social que estamos viviendo, también en el arte, de su sordidez y miseria estructural, de la escasez y la necesidad que pide a gritos una metamorfosis radical, como las vidas que interpreta ese actor que recorre la ciudad en una limousine-camerino, ‘monsieur’ Oscar. Un hombre que se enmascara una y otra vez en el transcurso de un día, ejerciendo su laborioso trabajo de transformación en diversos personajes, concediéndoles una identidad mediante otra representación del otro “yo” de una persona que es un personaje, de la apariencia frente a lo real. Nos sumergimos, a través de un vehículo que es también el propio Oscar, en la piel una anciana vagabunda, un freak desagradable que sale de las cloacas para comer flores de un cementerio donde secuestra a una modelo para componer una obra pictórica ataviándola con un burka en cuyo regazo reposar con una erección. Pasando por un asesino a sueldo que se mata a sí mismo, un octogenario moribundo que comparte el último instante de vida con su sobrina, un padre de familia resentido por lo “impopular” de su hija o la gran escena del filme, aquélla en la que encuentra a un antiguo amor con el que conversa sobre el pasado y el presente en los antiguos almacenes Samaritaine, lugar desde el que se reconoce el Pont-Neuf.
Resulta complejo definir este trayecto sin principio ni final, transmutado en experiencia a través del espacio cinematográfico, geográfico y psíquico de un cineasta que parece no temer la exposición de su obra y lanzarla a los riesgos estéticos y argumentales definitorios de un cineasta kamikaze. Su poder de abstracción e intertextualidad parecen ser el modelo preexistente en las narraciones en las que cada espectador pueda interpretar sus piezas.
El cine es concebido como una mitología pagana que acerca al actor y al espectador a la vida real desde una ficción mostrada como paisaje onírico. Carax busca provocar reacciones, impulsar su discurso metalingüístico más allá de los ojos del que mira, llevándolo al límite, sin que importe lo bizarro que pueda llegar a ser el hecho de sustraerse a la teatralidad de los conceptos enrevesados que convergen en esta oda sobre la identidad, la vida, la muerte o la mutación tecnológica del arte hacia algo imperceptible.
Tanto la realidad como la voluntad se retuercen entre lo multiforme o cambiante y una concepción del lenguaje que no se supedita a los conceptos que hacen de él un instrumento fascinante para reflejar la narración convencional. ‘Holy Motors’ es experimentación y liberación de una reencarnación que es síntoma de simbologías apocalípticas y trágicas, donde la vida es espectáculo y todo el mundo es un escenario. Aquí el cine es un lugar donde lo real se mezcla y confunde con la ficción. La concepción clásica del cine se ha esfumado dejando paso a una serie de ‘performances’ de actores frustrados que interpretan papeles porque el medio no es como antes y las cámaras han desaparecido.
Una cinta que propone el incómodo autorretrato de Carax, que encuentra en un poderoso actor camaleónico e inconmensurable como Denis Lavant su necesario Lon Chaney comprometido con la permuta física en esta búsqueda de la esencia fílmica dentro de las formas cambiantes que subyacen en el relato. Estamos ante una obra radicalmente distinta, críptica e hipnótica, que se establece como narración vivida y filmada al límite. Una hermética carta de amor al lenguaje cinematográfico y a sus géneros filmada con maestría en un París tan fantasmagórico como mágico.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2012
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