viernes, 8 de mayo de 2015

Una vida que comienza

Lo he oído tantas veces que, a priori, parece un tópico de manual familiar optimista: “tener un hijo te cambia la vida y la forma de ver las cosas hasta una dimensión inimaginable”. Este pasado martes cinco de mayo, a las 20:35, en el Hospital Clínico Universitario de Salamanca, nació nuestro hijo Iván, después de una inesperada y agridulce consumación que llevó a un parto por cesárea que no entraba en los planes que habíamos estado preparando desde hace tiempo. Dos interminables días de dudas, esfuerzo, dolor y oxitocina. Sin embargo, la llegada al mundo del pequeñín ha sido maravillosa. Tanto, que lo doloroso de la contrariedad queda como una mera anécdota para olvidar.
Mi idilio con Iván comienza en el mismo instante de su nacimiento, apenas unos segundos después del forzado alumbramiento. Entre llantos e incertidumbre, la criatura fue desprotegida del calor maternal y expuesto a mis brazos para vivir esa maravillosa experiencia que supone el “piel con piel”. Es fascinante, no voy a negarlo, pero supone un trauma tan cruel con la naturaleza humana respecto a la madre que deja un regusto vital de iniquidad respecto a lo que debería ser algo tan bonito y feliz como el nacimiento de un hijo. Viene a ser una compensación de protección y vínculo entre padre e hijo que proporciona unas horas que jamás se podrían describir mediante palabras ante tal huracán de emociones en el silencio compartido de una pequeño habitación de obstetricia que marcará nuestra alianza paterno filial para siempre. En ese reducido lapso de tiempo, hemos establecido unos lazos especiales, comenzando esta aventura al compartir una extraña sensación de abandono en espera del ansiado reencuentro con la madre, la pieza cardinal del puzle y de todo este maravilloso proceso compartido que ha sido un embarazo que ya de por sí ha sido tan milagroso como apasionante de vivir. Verles por fin juntos fue para mí soplo vital definitorio de lo que debe ser la más insondable respuesta a cualquier cuestionamiento existencial. Desde ese pequeño intervalo que cambió nuestras vidas, el sentimiento y la necesidad de aprender a ser padre han acaparado un objetivo antes impensable. De repente, ser la figura paternal se transforma en una revolución trascendente que genera sentimientos insospechados cuando ese ‘plot point’ determina con su llegada un futuro impredecible que abre una puerta misteriosa llena de incógnitas y desafíos personales tanto familiares como de pareja.
Ahora, con el nacimiento del niño también nace un nuevo rol en nuestras vidas: el de ser padres. Ese trabajo a jornada completa que exige la encomienda vital más admirable de cuantas existen. Un universo plagado de inseguridades, temores y sorpresas. Un universo maravilloso de aprendizaje mutuo. La crianza de esta frágil criatura que despierta a los ojos de una sociedad corrompida desde sus pilares, sin ningún tipo de duda, será la experiencia más maravillosa que tendré el privilegio de vivir. Iván y yo nos llevamos muy bien, pero todavía nos queda por pasar una gran parte de nuestras vidas. Estoy como loco por empezar a vivir la paternidad como un síntoma de recuperación de una época tan vehemente como la de verse reflejado en el crecimiento de una infancia tan alejada y tan cerca de esa responsabilidad adulta con las que compaginar tanta expectativa. El filósofo galo Rousseau decía que un buen padre vale por cien maestros. Se equivocaba. Lo que vale como cien maestros es un hijo. Ese ser indefenso e inocente ante la vida que responsabiliza a dos partes a ser esencial en, nada menos, que el desarrollo y educación de una persona que inicia un largo periplo. Tras unos cuantos días de hospital, horas de insomnio, reflexión y lágrimas de toda índole, han servido además para enardecer la figura de la persona de la que sigo más enamorado que nunca. Después de once años admirando su fortaleza mental y física, entregada a la generosidad y la complicidad hasta el límite, lo sucedido estos días me demuestra que el dolor es algo ínfimo comparado a las ganas de ser madre de la manera en que ella lo ha demostrado. Me rindo hacia su figura como persona más allá del afecto, ahora como la madre de mi hijo y como una superheroína con la que tengo la suerte de compartir mi día a día.
A partir de ahora, cualquier proyecto será secundario, porque Iván es la prioridad que hará que la rutina tenga sentido. Cuando desde hace mucho tiempo soñé con imaginar vidas ajenas y escribir sobre ellas, jamás pensé en que el mayor de los logros sería este. Iván, bienvenido a este mundo caótico en el que la bonanza es un oasis donde viven unos cuantos que se reirán de nosotros en un declive cadavérico de exigencias e injusticias. Habrá que intentar demostrarte que los valores culturales, el respeto y la búsqueda de la prosperidad no son ámbitos marginales e infrecuentes como parecen serlo. Intentaré por todos los medios que seas feliz, dejándome la vida en ello. Sólo esa idea vale mi vida entera. Esta semana significa la más feliz de cuantas recuerdo, por encima de todo acontecimiento que haya acontecido. La gran aventura comienza ahora… A partir del momento en que salgamos de las frías paredes de un hospital dará inicio el desafío más maravilloso de todos: una vida en familia. Y estoy deseando que llegue cuanto antes.